Entre terremotos, chicha, vino, cerveza y alguna piscola que llega con más entusiasmo que medida, el consumo de alcohol puede acumularse rápidamente durante Fiestas Patrias. El problema aparece cuando los brindis se concentran en pocas horas o se prolongan por varios días: el organismo no alcanza a procesar el alcohol y el cerebro comienza a pagar la cuenta antes de que terminen las celebraciones.
“El consumo de una gran cantidad de alcohol en poco tiempo provoca lo que se conoce como un atracón de alcohol. Este altera el funcionamiento del cerebro y reduce la coordinación, los reflejos y la capacidad de evaluar los peligros”, explica el Dr. Juan Carlos Sáez, director del Instituto Milenio Centro Interdisciplinario de Neurociencia de la Universidad de Valparaíso (CINV-UV), centro financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID). El Instituto estudia los procesos de neuroinflamación y su relación con distintas enfermedades que afectan al cerebro.
El alcohol actúa como depresor del sistema nervioso central. Inicialmente puede generar desinhibición, pero a medida que aumenta su concentración provoca lentitud, somnolencia y una menor capacidad de reacción. Esto incrementa la posibilidad de sufrir caídas, accidentes o tomar decisiones riesgosas.
Impacto silencioso en el cerebro
El Dr. Juan Carlos Sáez explica que estudios realizados mediante resonancia magnética han asociado el consumo habitual de alcohol con una reducción de la materia gris, donde se concentran los cuerpos de las neuronas, y con alteraciones de la materia blanca, encargada de conectar distintas regiones cerebrales.
“Una investigación publicada en The British Medical Journal siguió durante 30 años a más de 500 personas y encontró que un mayor consumo de alcohol se asociaba con un riesgo más elevado de atrofia del hipocampo, región fundamental para la memoria y el aprendizaje. Otro estudio, publicado en Nature Communications, analizó imágenes cerebrales de más de 36 mil adultos y observó que una mayor ingesta se relacionaba con un menor volumen cerebral. Sus estimaciones indican que, en una persona de 50 años, pasar de una a dos unidades de alcohol diarias se asociaba con cambios comparables a dos años adicionales de envejecimiento cerebral”, señala Sáez.

El especialista agrega que el consumo elevado y sostenido también puede afectar la corteza frontal, zona involucrada en el razonamiento, la planificación, la toma de decisiones y el control de los impulsos. A largo plazo, estas alteraciones pueden contribuir al deterioro cognitivo y aumentar el riesgo de trastornos neurológicos y de salud mental. Sáez es doctor en Ciencias, mención Neurociencias, por el Albert Einstein College of Medicine de la Universidad Yeshiva, en Nueva York, Estados Unidos.
En casos de ingesta extrema, el alcohol puede alcanzar el tallo cerebral, zona que regula funciones automáticas como la respiración, el ritmo cardíaco y la temperatura corporal.
“Cuando el consumo es exageradamente alto, la persona puede entrar en un coma etílico, dejar de respirar o ahogarse con su propio vómito debido a la pérdida de reflejos. Se trata de una emergencia médica muy grave”, advierte Sáez.
La imposibilidad de despertar, los vómitos reiterados, las convulsiones y una respiración lenta o irregular son señales que requieren asistencia médica inmediata. El especialista recalca que una persona inconsciente no debe quedar sola ni ser llevada simplemente a “dormir la borrachera”, porque el alcohol puede continuar ingresando a la sangre incluso después de dejar de beber.
Una inflamación silenciosa
Además de los efectos visibles de la embriaguez, el consumo excesivo puede provocar neuroinflamación, una respuesta de defensa del cerebro en la que participan células gliales como la microglía y los astrocitos.
“Tradicionalmente se piensa que el alcohol solamente marea o adormece. Sin embargo, su abuso puede activar de manera inapropiada receptores inmunitarios presentes en las células encargadas de defender y mantener nuestro sistema nervioso”, señala el investigador.
Cuando esta activación es intensa o se repite en el tiempo, las células gliales pueden pasar a un estado reactivo y liberar sustancias capaces de alterar el funcionamiento de las neuronas.

“Es una inflamación que muchas veces pasa inadvertida. El daño puede no percibirse inmediatamente debido a la capacidad de compensación del cerebro, pero la repetición de estos episodios durante la vida puede producir pérdidas funcionales importantes”, agrega.
Entre las funciones que pueden verse afectadas se encuentran la memoria, el aprendizaje, la concentración, el equilibrio, la coordinación, la toma de decisiones y el control de los impulsos. Los adolescentes y jóvenes requieren especial atención, porque su cerebro todavía se encuentra en desarrollo.
El riesgo depende principalmente de la cantidad de alcohol puro y de la rapidez del consumo, más que del tipo de bebida. La cafeína tampoco neutraliza sus efectos: puede aumentar la sensación de alerta, pero no recupera la coordinación ni el juicio. Mezclar alcohol con medicamentos sedantes u otras drogas puede aumentar el peligro de una intoxicación.
“El llamado es a evitar el consumo excesivo y a no convertir varios días de celebración en episodios continuos de ingesta. Si una persona adulta decide beber, debe hacerlo lentamente, comer e intercalar con agua u otros líquidos sin alcohol”, recomienda Sáez.
También se debe organizar previamente un traslado seguro y nunca conducir después de beber. “El café, una ducha fría o dormir algunas horas no aceleran la eliminación del alcohol. No existen atajos para que el organismo lo procese más rápido”, concluye.