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Radiografía a la primera infancia: 38% vive en hogares pobres y 42% en barrios con violencia crítica

La Fundación Colunga lanzó un diagnóstico de cómo viven actualmente los niños y niñas entre 0 y 5 años en Chile. La paradoja que pudieron comprobar es que hay un 20% menos de infantes en ese rango de edad, pero —al mismo tiempo— los datos muestran que un porcentaje alto vive en "contextos profundamente desiguales, con mucha vulnerabilidad y cada vez con menos redes de apoyo".

Paz Fernández.

Jueves 30 de julio de 2026

Inmersos en una fuerte crisis de natalidad, podría pensarse que al haber menos niños y niñas, los recursos disponibles que antes eran para más personas se podrían aprovechar mejor por cada infante y, por ende, estos tendrían mejores condiciones de vida y crecimiento.

Pero la verdad es otra. De acuerdo al informe “Primera Infancia: bienestar, brechas y propuestas para fortalecer la política pública en Chile”, de la Fundación Colunga, en 2024 había un 20% menos de menores de 5 años que en 2017.

Sin embargo, “el 52% de las niñas y niños se concentra en los dos quintiles de menores ingresos; uno de cada cinco vive con inseguridad alimentaria; el 42% habita barrios con violencia crítica —cifra que no mejora desde 2017—, y más de la mitad crece en hogares con algún grado de precariedad laboral”.

Es decir, tenemos menos niños, pero aún no existen opciones óptimas para asegurarles un buen desarrollo en los primeros años de su vida; siendo estos trascendentales para el resto de sus vidas.

La primera infancia hoy

No solo hay menos niños, sino que las características sociales en las que crecen son distintas.

Por ejemplo, no se distribuyen de manera homogénea: en el norte se concentran más infantes que en el extremo sur; y en las zonas rurales aumentó la natalidad a contramano de su caída en los centros urbanos.

Además, el estudio de Colunga sostiene que un 16% de los hogares con niñas y niños pequeños está encabezado por una persona nacida fuera de Chile, proporción que se duplicó en siete años.

“Esta diversidad es un activo cultural, pero también una señal de alerta para las políticas: la primera infancia en familias migrantes enfrenta barreras adicionales que este informe documenta, como un mayor riesgo de ingreso tardío al control prenatal, el doble de prevalencia de pobreza severa respecto de familias chilenas y tasas de inseguridad alimentaria que alcanzan al 32%”, devela el estudio.

Otro tipo de familia

A todo lo anterior se suman cambios importantes en las estructuras familiares. Históricamente, en Chile el allegamiento  —es decir, que varios adultos de la familia vivan en el mismo hogar funcionaba como red de cuidado informal, pero este cayó de 37% a 27% entre 2017 y 2024.

Ahora, uno de cada cuatro hogares con niñas y niños es monoparental, liderado en el 92% por mujeres, y un 28% de esos hogares presenta alguna forma de pobreza.

Su cuidado sigue recayendo en las mujeres: la madre cuida en el 75% de los hogares; la abuela (27%) supera al padre (26%); y el cuidado formal o remunerado apenas alcanza el 4%.

“Los abuelos son el segundo pilar del sistema: en el 13% de los hogares cuidan solos, y en las familias monoparentales extendidas más de la mitad de los arreglos los involucra. Es un recurso que el sistema usa sin reconocer: cuando esas abuelas enferman o envejecen —o simplemente no están, dado el cambio en la composición de las familias hacia hogares más nucleares— no hay plan B”, agrega el informe.

Con todo, la crianza se ha vuelto una tarea más solitaria. En las familias monoparentales (13% de la primera infancia) siete de cada diez infantes tienen una única cuidadora disponible fuera del horario escolar, que casi siempre es la madre, y uno de cada siete hogares no cuenta con ningún apoyo; ni familiar, ni comunitario, ni institucional.

“7.500 niños menores de 6 años se quedan solos en casa después del horario escolar al menos una vez por semana. La cifra se triplica en hogares con fragilidad material severa y casi se duplica en hogares migrantes. Es la expresión más extrema de un sistema de cuidados sin respaldo”, sentencia el estudio de Colunga.

Pobreza y hambre

Los datos analizados por la Fundación Colunga dejan ver un panorama complejo en cuanto a los recursos materiales con los que cuenta la primera infancia hoy en Chile.

La conclusión no lejos de lo que se ha visibilizado durante décadas es que la desigualdad entre los niños y niñas pequeñas es abismante según el nivel socioeconómico en el que estén.

Cuatro de cada diez pasan los primeros años en hogares afectados por algún tipo de pobreza —de ingresos o multidimensional—, y uno de cada diez, en pobreza severa. Las distancias entre hogares son enormes: en el quintil más rico, el ingreso per cápita mediano es casi diez veces el del quintil más pobre. Y esa brecha tiene también un sello de género: los hogares encabezados por mujeres —que son más del 90% de los monoparentales— disponen de cerca de $50 mil menos per cápita que los encabezados por hombres”, indica el documento. 

Pero, ¿cómo se vive esa pobreza en situaciones concretas?

  • A la hora de comer: El 21% de las niñas y niños vive en familias que no tienen asegurado el acceso a los alimentos —inseguridad alimentaria moderada o severa—, cifra que sube al 37% en el quintil más pobre y que también varía fuertemente entre regiones: del 11% en Magallanes al 23% en la Metropolitana. Esa precariedad se expresa en los cuerpos de dos maneras; un 5% presenta déficit nutricional y un 35% sobrepeso u obesidad. Dos caras de la malnutrición.
  • En el entorno: el 42% de niñas y niños crece en barrios con violencia crítica, proporción que no ha mejorado en siete años y que llega al 50% en el quintil más pobre. Lo anterior desemboca en una mayor tensión en quienes cuidan y a una menor realización de actividades de estimulación con las niñas y niños. De hecho, el 27% de las familias (unos 97 mil niños) no realiza semanalmente ninguna actividad de estimulación; ni leer, ni cantar, ni salir a jugar. En hogares sin espacios públicos cercanos y con entorno percibido como inseguro, el 72% no realiza ninguna actividad exterior.
  • En el acceso a la vivienda: el hacinamiento bajó del 22% al 17% entre 2017 y 2024, pero en el mismo período aumentó del 12% al 17% la proporción de niñas y niños cuyos hogares destinan más del 30% del ingreso al pago de arriendo o dividendo. Es decir, menos hacinamiento, pero más carga financiera sobre los mismos hogares.


Educación parvularia

Los expertos han certificado a lo largo de los años que la educación inicial o parvularia de calidad tiene efectos positivos sobre el desarrollo de los niños y niñas, en áreas como la cognitiva, lingüística y socioemocional. Más aún entre los 2 y los 5 años para redireccionar trayectorias de vida que han sufrido complejas adversidades. Sin embargo, el nivel de ingreso a esta etapa educativa sigue siendo bajo.

“Chile ha logrado una cobertura casi universal en prekínder y kínder (93%), pero sigue por debajo del promedio OCDE al observar el tramo de 0 a 5 años (...) Durante los primeros mil días (de nacidos), siete de cada diez niñas y niños no asisten a ningún establecimiento; en los segundos mil días esa proporción baja al 17%”, sostiene Fundación Colunga. 

Lo curioso es que hoy en día, con menos niñas y niños, hay más familias esperando por un cupo para matricular a sus hijos en los establecimientos del sistema público de la Junta Nacional de Jardínes Infantiles (JUNJI). Entre 2017 y 2024 la lista de espera para un cupo en JUNJI creció un 33%.

En la Región Metropolitana, bajó 23% la cantidad niños, pero la lista de espera aumentó 60%. En Antofagasta la tasa llega a 105 niños en espera por cada 1.000. Hay comunas particularmente críticas como Mejillones (169), Alhué (159), Independencia (159) y Santiago (143).

“Seguir ampliando las coberturas es necesario, pero no suficiente. La buena noticia es que el sistema se ha ganado la confianza de quienes lo usan. El informe toma la encuesta de satisfacción de los Jardines JUNJI y muestra cómo nueve de cada diez familias los evalúan con nota 6 o 7. Lo que más valoran es el buen trato y el cuidado a las niñas y niños”, recalca el estudio.

Cae la inversión pública 

No hay duda que el país cuenta con una mejor institucionalidad para la niñez respecto a décadas atrás. Transitamos desde la protección especial  a un sistema de garantías de derechos.

Sin embargo, los datos muestran que la inversión gubernamental hacia este grupo de la población no se condice con el porcentaje que representan. Así, la primera infancia es el 5,9% de la población, pero recibe el 3,2% del gasto del gobierno.

“La proporción osciló entre 2% y 3,2% en el período 2020-2024: la baja prioridad no es coyuntural, es estructural. La educación parvularia retrocede frente a otros niveles educativos. El presupuesto de sala cuna y niveles medios cayó 5,7% entre 2021 y 2026 (JUNJI: −7,2%), mientras el presupuesto total de educación creció 29,9%”, señala el estudio.

“Se financia la gestión de casos a nivel territorial, pero se desfinancia la respuesta. Las Oficinas Locales de la Niñez aumentaron su presupuesto 74% entre 2024 y 2026 (coherente con su despliegue nacional), pero los programas preventivos que constituyen su oferta de derivación cayeron: Apoyo al Recién Nacido, Apoyo al Desarrollo Biopsicosocial y Fondo de Intervenciones de Apoyo al Desarrollo Infantil cayeron un 8% cada uno en este mismo periodo. El ajuste fiscal 2026 agrava la tendencia, el Sistema de Protección Integral a la Infancia enfrenta una contracción del 3%; el recorte golpea de nuevo a los preventivos (Apoyo al Recién Nacido −10%, Crecer en Comunidad −31%) y el 30% de la reducción del Mineduc (considerando solo el aporte fiscal libre) corresponde a educación parvularia”, agrega el informe.